en Escaladas en Alicante

Donde está el cuerpo, está el peligro

Hace mucho que no escribo en el Blog, en parte por falta de inspiración y en parte porque pienso que a nadie le interesa lo que yo haga o deje de hacer. Respecto a lo primero, creo que la mejor manera de inspirarse es empezar a escribir y en cuanto a lo segundo… En fin, siempre podéis cerrar esta ventana y seguir navegando en busca de Blogs más interesantes. La cuestión es que algunos colegas me han animado a que comparta con la comunidad los detalles del aparatoso accidente que sufrí hace algo más de un mes. Así lo haré, con pelos y señales. Aunque si esperáis que os sirva para prevenir que os suceda a vosotros; para corregir malos hábitos y así aumentar la seguridad de vuestras escaladas, os aseguro que no será así. De hecho, lo único que conseguiréis es mirar con recelo a vuestro material de última generación. Aún estáis a tiempo de cerrar esta página.

El día de autos me encontraba haciendo escalada deportiva (esa modalidad de escalada tan segura) con Charly, el mejor asegurador de la zona (y el único que había). Como último detalle es importante decir que las cintas exprés eran prácticamente nuevas y que todos los mosquetones cerraban perfectamente y no eran de gatillo de alambre. Acababa de superar la sección clave de la vía X en la escuela Y [el lugar en cuestión se trata de un secretivo y revelar esta información pondrían en riesgo mi vida y la de mi familia] y me disponía a chapar la siguiente cinta, situada aproximadamente a la altura de mi hombro derecho. Antes de coger la cuerda noté que mi pie izquierdo resbalaba. La caída era inevitable al haber perdido ese apoyo y me preparé para darme un buen vuelo. Abrí ligeramente las piernas y eché parte de mi peso hacia detrás. Todo controlado. Pero en unas décimas de segundo comprendí que algo no iba bien y que me estaba volteando hacia detrás. En un instante fui consciente de que algo había detenido en seco mi pie izquierdo, haciéndome pivotar sobre él y proyectando mi espalda y mi cabeza hacía detrás. Me dio tiempo de cubrirme la nuca con las manos antes de asestarme un fuerte golpe que se repartió de forma uniforme entre la espalda, las manos que tenía sobre la nuca y el culo. Me encontraba con las patas p’ arriba y la cabeza p’abajo, colgado de mi pie izquierdo como un jamón en un secadero. Podía oír a Charly preguntándome cosas, sin embargo no era capaz de procesar sus palabras. No entendía nada de lo que sucedía y sentía un fuerte pellizco en la zona del talón. Al fin comprendí lo que me estaba diciendo Charly: “se te ha enganchado el tirador del talón del pie de gato“. Era una buena explicación aunque perdió sentido al ver que la cuerda no había llegado a trabajar. Cualquier trozo de tela se hubiera roto al detener una caída tan fuerte. Fuera lo que fuera lo que me había parado debía ser tremendamente resistente. Cuando pude enfocar la vista comprobé que mi situación no era exactamente la de un jamón, descansando tranquilamente de su noble cordón, sino más bien la del cerdo completo tras la matanza. El mosquetón curvo de la cinta exprés me había atravesado la parte trasera del tobillo de lado a lado, dejándome colgado de mi propio tendón de Aquiles. El orificio de salida del metal parecía relativamente limpio para haber sido realizado por una punta tan roma (luego comprobé que en el otro lado se encontraba el verdadero destrozo). Estábamos solos y nadie podía echarme una mano por lo que no hubo tiempo para lloriqueos y llamadas de auxilio. Tiré de la cuerda que bajaba hacía Charly y que pasaba por el mosquetón/garfio y logré elevar un poco la cadera. Entre movimientos contorsionistas, gritos, sangre y piel desgarrada conseguí sacar el pie de aquel garfio de carnicero y ponerme de nuevo con la cabeza hacia arriba. Por suerte el gatillo del mosqueta se había estropeado, quedando completamente abierto hacia arriba. Creo que eso facilitó mucho las cosas.

En menos de 5 minutos ya estaba arrastrándome por la pedrera como si fuese Golum, recordando lo que hace años me contaba Urko Carmona sobre su descenso sin muletas del Naranjo de Bulnes. El resto de la historia os la podéis imaginar: risas, lamentos y a toda hostia para el hospital.

Una mención especial merecen el Grupo de Rescate en Montaña de la GC y J. Castellanas, que aparecieron allí como  por arte de magia justo a tiempo de inmortalizar mi ridícula situación.

 

 

Me cagoen…

 

El arma

 

¡¡que asquito!!